Violencia y enfermedad mental

Tras lo estremecedores sucesos relacionados con el asesinato de los niños de Godella vuelve al debate público la relación entre actos violentos y enfermedad mental. Intentaré resumir algunas cuestiones que, aunque sin ser exhaustivo pretenden aportar a la discusión:

La evidencia disponible a la fecha para determinar la relación entre enfermedades mentales y actos violentos no es clara. Los estudios disponibles no permiten conclusiones fiables debido a aspectos metodológicos que impiden comparar y extrapolar resultados. A pesar de lo anterior, algunos estudios sugieren la existencia de una relación de menor intensidad entre esquizofrenia y actos violentos, estimada entre 3 a 6 veces superior a la población general. Este resultado debe además ser matizado debido a la presencia de distintos factores de confusión, tales como el uso de drogas, la violencia en el pasado del individuo, por ejemplo, la historia de maltrato infantil, haber cometido actos delictivos o haber sido víctima de violencia con anterioridad, y factores sociales como el desempleo o la situación de marginalidad. Estos son factores fuertemente asociados tanto a los actos violentos como a la misma enfermedad, y cuando se realiza un control de estos factores la relación con la enfermedad mental es todavía menor.

Por otra parte, un dato menos comentado en medios de comunicación es la situación de vulnerabilidad frente a los actos violentos que sufren los enfermos mentales. Se reportan cifras de victimización en personas con trastorno mental grave de entre un 20 y un 50%. Hay que señalar que el haber sido víctima de violencia es un factor de riesgo para cometer un acto violento.

Las estimaciones de la violencia perpetrada por personas con trastornos mentales graves se acercan al 4%, mientas que el 96% son cometidos por población general. El uso inapropiado de la fuerza, la violencia física o la delincuencia son parte de nuestra cultura y nos han acompañado en toda nuestra historia. La mayoría de estos actos podríamos considerarlos “irracionales” y han sido realizados por personas que podríamos llamar “normales”.

Es indudable que algunas condiciones de descompensación clínica, asociada a su vez a situaciones de marginalidad o drogodependencia pueden revestir un riesgo de violencia hacia terceros o hacia sí mismos, pero en términos estadísticos no es la generalidad. La supuesta peligrosidad de los pacientes con enfermedad mental corresponde a un prejuicio, en ocasiones fomentado por algunos medios sensacionalistas, que poco ayudan a aliviar el problema y más bien acrecientan el sentimiento de discriminación y el estigma asociado. La mayoría de las personas con trastornos mentales graves lleva vidas bastante normalizadas dentro de las limitaciones funcionales y sociales que su trastorno conlleva.

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